miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mi mirada sobre "Amar", por Natalia Fernandez Acquier


(…) otro tipo de historia, no lo sublime absoluto, sino un nuevo capítulo en la historia de lo sublime. Sí, algo nuevo (¿qué sentido tiene contar una historia si no aspira a lo nuevo, a la novedad radical?). ¿Y qué capítulo sería? Ya no lo sublime de la grandeza y lo terrible, sino ese sublime de las cosas de nada, de la nadería, de la trivialidad; lo sublime del detalle insignificante, de las pequeñas formas, de la repetición y la variación de la repetición. Lo sublime repetitivo, lo sublime de la banalidad. Contar una y otra vez la pequeña historia de que ya no hay historia para contar, narrar una y otra vez el banal relato de que el relato es banal, hasta que la repetición se vuelva una forma de lo sublime (…) Un sublime de lo bajo, de lo menor, de lo pequeño, de lo banal, de la trivialidad; el sublime que repta, que se arrastra, que mira el mundo desde ese lugar lateral, adyacente, fronterizo; como si ese sublime estuviera fuera del mundo de las cosas aptas, solventes, indicadas; ajeno a lo que se espera que ocurra, a la normalidad de las cosas, al gusto medio, al promedio, al servicio de la comunidad. Enfrentado a esa policía de palabras, el sublime que repta debería oponerse también al otro sublime, el de lo alto, la trascendencia, el humanismo, la ofrenda divina, el atardecer inexpresable, la catarata arrolladora, el genio inspirado, la crítica del juicio, la ciudad de cristal, las vidrieras iluminadas, los autos rodando, las palabras excelsas, los pensamientos elevados, las terminaciones perfectas, las ruinas conservadas, los museos encerados, los libros sagrados, las huellas encendidas, la mirada abarcadora, la música celestial, el pueblo en las retinas, la más maravillosa voz, el pasado redimido, el poder abrazarlo todo.”  Damián Tabarovsky

El amor no es heroico, sino más bien, vulgar. Banal. Trivial. Ordinario. Superfluo también. Y esto no es necesariamente malo, ni hiere su virtuosismo o su sublime. Tampoco niega su necesidad. Puede ser fronterizo y puede tener que ver con los pensamientos más elevados. Convive, es, en esa paradoja. Borrador rústico de lo bello. En AMAR, la experiencia de asistencia no puede reproducirse, como sucede con la narración o con el amor en ejercicio del sustantivo. Por lo menos no sin poner en riesgo algo o perderlo. Como en una traducción. AMAR es, para mí, como una traducción del amor. Una traducción fiel. Desnuda de romanticismo, distanciada de la perfección que las formas sociales pretenden imponerle desde hace siglos. AMAR dialoga con la modernidad, con la verdad (una, alguna) acerca del fin del amor, de su acabado, agotado, asfixiado, o bien  acerca de la insinuación dialéctica de que ese es (puede ser, será) su inevitable destino. AMAR dice de una generación y de la degeneración de un tema que la atraviesa.  Por eso, tal vez, la oscuridad tan bien (estética y poéticamente) resuelta en la puesta, y la luz, su indispensable opuesto. El manejo que de ésta última hacen los actores y actrices es maravilloso; devela, novedosamente, algo del artificio teatral y subraya los momentos de la obra. Como un acento que recorta, detiene, acciona y dirige la atención de nuestro espectador. En AMAR, estas parejas (como tantas, sino todas las otras) intentarán, a pesar de las pulsiones (y razones también), sostener a fuerza de disimulo lo que eligieron (y necesitan) creer del amor. O simplemente lo que han podido. Creer y crear. El amor puede ser monstruoso. A que sí. Exige constantemente de traiciones. De indulgencias. Exige juventud y éxito. Exige salir a respirar, hundirse, volver a respirar, hundirse otra vez y así.  Si hipocresía o necesidad, si fe u obstinación (o desesperación), qué más da. Son las reglas. En AMAR no pasa nada. Y pasa todo. Dependerá también de hasta dónde pueda, y quiera, ver (se) y reconocer (se) cada uno. El trabajo de los actores es impecable. Portadores del detalle de cada gesto y palabra precisa. Se agradece su expresividad ininterrumpida, su simbología escénica y la frescura y liviandad con que construyeron esos personajes. Sostienen de inicio a fin la verdad de cada uno de ellos. Y nosotros la creemos. Desde la dirección, y la puesta en general, pienso en una ruptura, en algo renovado, moderno y original, un modo, una búsqueda y el encuentro de una verdad actoral y dramatúrgica. Un teatro que se inserta en un discurso existente y lo desdibuja, lo parodia, lo niega, le pone cuerpo y música a sus contradicciones, lo pone en crisis, lo afirma, y finalmente lo acepta. La propuesta es sumamente esteta desde el culto que a la actuación allí se le rinde. La intervención de lo sonoro en AMAR es lúcida y para nada inocente. Nos vuelve a lo frívolo que habita al sentimiento más popular y más deseado (obsceno) del universo. Después de todo, y por suerte, es teatro y en esa materia sobresale la propuesta toda. Al decir de Barthes en sus “Fragmentos sobre un discurso amoroso”: “Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones. Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los afectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza del teatro. (…) Como Relato (Romance, Pasión), el amor es una historia que se cumple, en el sentido sagrado: es un programa que debe ser recorrido. Para mí, por el contrario, esta historia ya ha tenido lugar; porque lo que es acontecimiento es el arrebato del que he sido objeto y del que ensayo (y yerro) el después (…) El rapto amoroso (puro momento hipnótico) se produce antes del discurso y tras el proscenio de la conciencia: el "acontecimiento" amoroso es de orden hierático: es mi propia leyenda local, mi pequeña historia sagrada lo que yo me declamo a mí mismo, y esta declamación de un hecho consumado (coagulado, embalsamado, retirado del hacer pleno) es el discurso amoroso.”  
Me voy emocionada y movilizada. Contenta. Quiero la nadería tanto como poder abrazarlo todo; el sublime que repta y la catarata arrolladora. Quiero este teatro también.

AMAR
Director: Alejandro Catalán
Actúan: Edgardo Castro, Federico Liss, Paula Manzone, Ximena Banus, Natalia Di Cienzo y Miguel Angel Bosco
Iluminación: Matías Sendón y Alejandro Catalán
Vestuario: Ana Press
Asistencia de dirección: Rita González
Dramaturgia y dirección: ALEJANDRO CATALAN
Asistente técnico: Fernando Rybka
Musicalización: Bruno Luciani y Sergio Catalán
Colaboración artística: Felicitas Kamien

El Camarín de las Musas – Mario Bravo 960
Funciones: Jueves 22 hs y Viernes  21.30hs.

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