(…) otro tipo de historia, no lo sublime absoluto,
sino un nuevo capítulo en la historia de lo sublime. Sí, algo nuevo (¿qué
sentido tiene contar una historia si no aspira a lo nuevo, a la novedad radical?).
¿Y qué capítulo sería? Ya no lo sublime de la grandeza y lo terrible, sino ese
sublime de las cosas de nada, de la nadería, de la trivialidad; lo sublime del
detalle insignificante, de las pequeñas formas, de la repetición y la variación
de la repetición. Lo sublime repetitivo, lo sublime de la banalidad. Contar una
y otra vez la pequeña historia de que ya no hay historia para contar, narrar
una y otra vez el banal relato de que el relato es banal, hasta que la
repetición se vuelva una forma de lo sublime (…) Un sublime de lo bajo, de lo
menor, de lo pequeño, de lo banal, de la trivialidad; el sublime que repta, que
se arrastra, que mira el mundo desde ese lugar lateral, adyacente, fronterizo;
como si ese sublime estuviera fuera del mundo de las cosas aptas, solventes,
indicadas; ajeno a lo que se espera que ocurra, a la normalidad de las cosas,
al gusto medio, al promedio, al servicio de la comunidad. Enfrentado a esa
policía de palabras, el sublime que repta debería oponerse también al otro
sublime, el de lo alto, la trascendencia, el humanismo, la ofrenda divina, el
atardecer inexpresable, la catarata arrolladora, el genio inspirado, la crítica
del juicio, la ciudad de cristal, las vidrieras iluminadas, los autos rodando,
las palabras excelsas, los pensamientos elevados, las terminaciones perfectas,
las ruinas conservadas, los museos encerados, los libros sagrados, las huellas
encendidas, la mirada abarcadora, la música celestial, el pueblo en las
retinas, la más maravillosa voz, el pasado redimido, el poder abrazarlo todo.”
Damián Tabarovsky
El
amor no es heroico, sino más bien, vulgar. Banal. Trivial. Ordinario. Superfluo
también. Y esto no es necesariamente malo, ni hiere su virtuosismo o su
sublime. Tampoco niega su necesidad. Puede ser fronterizo y puede tener que ver con los pensamientos más elevados. Convive, es, en esa paradoja. Borrador
rústico de lo bello. En AMAR, la experiencia de asistencia no puede
reproducirse, como sucede con la narración o con el amor en ejercicio del
sustantivo. Por lo menos no sin poner en riesgo algo o perderlo. Como en una
traducción. AMAR es, para mí, como una traducción del amor. Una traducción
fiel. Desnuda de romanticismo, distanciada de la perfección que las formas
sociales pretenden imponerle desde hace siglos. AMAR dialoga con la modernidad,
con la verdad (una, alguna) acerca del fin del amor, de su acabado, agotado,
asfixiado, o bien acerca de la
insinuación dialéctica de que ese es (puede ser, será) su inevitable destino. AMAR
dice de una generación y de la degeneración de un tema que la atraviesa. Por eso, tal vez, la oscuridad tan bien
(estética y poéticamente) resuelta en la puesta, y la luz, su indispensable
opuesto. El manejo que de ésta última hacen los actores y actrices es
maravilloso; devela, novedosamente, algo del artificio teatral y subraya los momentos
de la obra. Como un acento que recorta, detiene, acciona y dirige la atención
de nuestro espectador. En AMAR, estas parejas (como tantas, sino todas las
otras) intentarán, a pesar de las pulsiones (y razones también), sostener a fuerza
de disimulo lo que eligieron (y necesitan) creer del amor. O simplemente lo que
han podido. Creer y crear. El amor puede ser monstruoso. A que sí. Exige
constantemente de traiciones. De indulgencias. Exige juventud y éxito. Exige
salir a respirar, hundirse, volver a respirar, hundirse otra vez y así. Si hipocresía o necesidad, si fe u obstinación
(o desesperación), qué más da. Son las reglas. En AMAR no pasa nada. Y pasa
todo. Dependerá también de hasta dónde pueda, y quiera, ver (se) y reconocer
(se) cada uno. El trabajo de los actores es impecable. Portadores del detalle
de cada gesto y palabra precisa. Se agradece su expresividad ininterrumpida, su
simbología escénica y la frescura y liviandad con que construyeron esos
personajes. Sostienen de inicio a fin la verdad de cada uno de ellos. Y
nosotros la creemos. Desde la dirección, y la puesta en general, pienso en una
ruptura, en algo renovado, moderno y original, un modo, una búsqueda y el
encuentro de una verdad actoral y dramatúrgica. Un teatro que se inserta en un
discurso existente y lo desdibuja, lo parodia, lo niega, le pone cuerpo y
música a sus contradicciones, lo pone en crisis, lo afirma, y finalmente lo
acepta. La propuesta es sumamente esteta desde el culto que a la actuación allí
se le rinde. La intervención de lo sonoro en AMAR es lúcida y para nada
inocente. Nos vuelve a lo frívolo que habita al sentimiento más popular y más
deseado (obsceno) del universo. Después de todo, y por suerte, es teatro y en
esa materia sobresale la propuesta toda. Al decir de Barthes en sus “Fragmentos sobre un discurso amoroso”: “Espero
una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o
enormemente patético. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones. Hay
una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de
tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los
afectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una
pieza del teatro. (…) Como Relato (Romance, Pasión), el amor es una historia
que se cumple, en el sentido sagrado: es un programa que debe ser recorrido. Para mí, por el contrario, esta
historia ya ha tenido lugar;
porque lo que es acontecimiento es el arrebato del que he sido objeto y del que
ensayo (y yerro) el después (…) El rapto amoroso (puro momento hipnótico) se
produce antes del discurso y tras el proscenio de la conciencia:
el "acontecimiento" amoroso es de orden hierático: es mi propia
leyenda local, mi pequeña historia sagrada lo que yo me declamo a mí mismo, y
esta declamación de un hecho consumado (coagulado, embalsamado, retirado del
hacer pleno) es el discurso amoroso.”
Me voy emocionada y movilizada. Contenta.
Quiero la nadería tanto como poder abrazarlo todo; el sublime que repta y la catarata arrolladora. Quiero este teatro
también.
AMAR
Director: Alejandro Catalán
Actúan: Edgardo Castro, Federico Liss, Paula
Manzone, Ximena Banus, Natalia Di Cienzo y Miguel Angel Bosco
Iluminación:
Matías Sendón y
Alejandro Catalán
Vestuario: Ana Press
Asistencia
de dirección: Rita
González
Dramaturgia
y dirección: ALEJANDRO
CATALAN
Asistente
técnico: Fernando Rybka
Musicalización:
Bruno Luciani y Sergio
Catalán
Colaboración
artística: Felicitas
Kamien
El Camarín de
las Musas – Mario Bravo 960
Funciones: Jueves 22 hs y Viernes 21.30hs.

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